Bolívar y Humboldt: 200 años después | Mi delirio sobre el Chimborazo.

El 22 de junio de 1802 Alexander Von Humboldt al que Simón Bolívar señalaba como el “descubridor del nuevo mundo” y de haber “beneficiado a América mas que todos los conquistadores” llegó al pie del volcán Chimborazo junto a su inseparable amigo y colega Bonpland. “La naturaleza es una totalidad viva” fue uno de las tantas conclusiones a las que arribó Humboldt después de que su barómetro registrara que estaban a 5917 metros de altura, a casi 300 metros de la cima del Chimborazo.

Bolívar y Humboldt se conocieron en Paris en 1804, poco tiempo después del regreso del barón Humboldt de su viaje al nuevo mundo que cambiaría radicalmente ideas preconcebidas sobre esta enorme porción de la tierra. Este año se cumplen dos siglos de la aparición de la primera copia conocida de Mi delirio sobre el Chimborazo.

La aclamada Andrea Wulf autora del libro LA INVENCION DE LA NATUALEZA – EL NUEVO MUNDO DE ALEXANDER VON HUMBOLDT escribe en la parte III 1.2. Revoluciones y Naturaleza: Simón Bolívar y Humboldt que el «poema en prosa llamado «Mi delirio sobre el Chimborazo» fue su alegoría de la liberación de Latinoamérica». En otra parte de su libro señala «en su poema, Bolívar sigue los pasos de Humboldt. Mientras asciende al majestuoso Chimborazo, utiliza el volcán como imagen de su lucha para liberar las colonias españolas. Cuando sube todavía mas alto, deja atrás las huellas de Humboldt e imprime las suyas propias en la nieve. Entonces, mientras lucha para dar cada paso en una atmosfera en la que escasea el oxigeno, Bolívar tiene una visión del tiempo. Embargado por un delirio febril…Bolívar uso el Chimborazo para situar su vida en el contexto de Sudamérica…Como tantas veces, Bolívar recurrió al mundo natural para ilustrar sus ideas y sus creencias»

MI DELIRIO SOBRE EL CHIMBORAZO

Yo venía envuelto con un manto del Iris, desde donde paga su tributo el caudaloso Orinoco al dios de las aguas. Había visitado las encantadas fuentes amazónicas, y quise subir al atalaya del universo. Busqué las huellas de la Condamine y Humboldt; seguílas audaz, nada me detuvo; llegué a la región glacial; el éter sofocaba mi aliento. Ninguna planta humana había hollado la corona diamantina que puso las manos de la eternidad sobre las sienes excelsas del dominador de los Andes.

Yo me dije: este manto del Iris que me ha servido de estandarte ha recorrido en mis manos regiones infernales, surcado los ríos y los mares y subido sobre los hombros de los Andes; la tierra se ha allanado a los pies de Colombia, y el tiempo no ha podido detener la marca de la libertad. Belona ha sido humillada por el resplandor del Iris, ¿y no podré yo trepar sobre los cabellos canosos del gigante de la tierra?

Sí podré!  y arrebatado por la violencia de un espíritu desconocido para mí que me parecía divino, dejé atrás las huellas de Humboldt empañado los cristales eternos que circuyen el Chimborazo.

Llegó como impulsado por el genio que me animaba, y desfallezco al tocar con mi cabeza la copa del firmamento; tenía a mis pies los umbrales del abismo.

Un delirio febril embargaba mi mente; me siento como encendido por un fuego extraño y superior, era el Dios de Colombia que me poseía.

De repente se me presenta el tiempo. Bajo el semblante venerable de un viejo cargado con los despojos de las edades; ceñudo, inclinado, calvo, rizada la tez, una hoz en la mano…

«Yo soy el padre de los siglos; soy el arcano de la fama y del secreto; mi madre fue la eternidad; los límites de mi imperio los señala el infinito; no hay sepulcro para mí, porque soy más poderoso que la muerte; miro lo pasado; miro lo futuro, y por mi mano pasa lo presente.

¿Por qué te envaneces niño o viejo, hombre o héroe?

¿Crees que es algo vuestro universo?

¿Que levantaros sobre un átomo de la creación es elevaros?

¿Pensáis que los instantes que llamáis siglos pueden servir de medida a mis arcanos?

¿Imagináis que habéis visto la santa verdad?

¿Suponéis locamente que vuestras acciones tienen algún precio a mis ojos?

Todo es menos que un punto a la presencia de lo Infinito que es mi hermano».

Sobrecogido de un terror sagrado, «¿cómo ¡oh Tiempo! -respondí-, no ha de desvanecerse el mísero mortal que ha subido tan alto? He pasado a todos los hombres en fortuna porque me he elevado sobre la cabeza de todos. Yo domino la tierra con mis plantas; llego al Eterno con mis manos; siento las presiones infernales bullir bajo mis pasos; estoy mirando junto a mí rutilantes astros, los soles infinitos; mido sin asombro el espacio que encierra la materia; y en tu rostro leo la historia de lo pasado y los pensamientos del destino».

«Observa, me digo: aprende, conserva en tu mente lo que has visto, dibuja a los ojos de los semejantes el cuadro del universo físico, del universo moral; no escondas los secretos que el cielo te ha revelado; di la verdad a los hombres».

La fantasma desapareció.

Absorto, yerto, por decirlo así, quedé exánime largo tiempo, tendido sobre aquel inmenso diamante que me servía de lecho. En fin, la tremenda voz de Colombia me grita; resucito, me incorporo, abro con mis propias manos mis pesados párpados: vuelvo a ser hombre y escribo mi delirio.

Delirio sobre el Chimborazo de Tito Salas (1929)

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